La Divina Providencia / Relato

En este relato cuento cómo el pequeño Simón Rodríguez y su madre acuden a una revisión médica sin saber los horrores que les aguardan. Vamos, toda una experiencia enriquecedora.

Dedicado a todos aquellos con fobia a los médicos.

Hospitalconcept

“Ven a que te ponga la inyección”

La Divina Providencia

Las puertas deslizantes de cristal se abrieron con un siseo. Aún desde la puerta el niño podía percibir el olor a desinfectante, a viejo y a enfermedad.

      La madre lo condujo por unos pasillos de azul grisáceo hasta la pequeña sala donde esperaban, sentados en sillas de plástico negro, varios padres con sus hijos. En una pared había grandes ventanales que daban a una avenida llena de tráfico y gente, pero por los que la luz no entraba casi debido a la suciedad que los cubría.

      Atravesaron los tenues rayos de sol en los que flotaban pequeñas motas de polvo y se sentaron en una silla enfrente de una puerta con el cartel de “Consulta 2”. El niño miró a su alrededor. Había unos chavales jugando entre risas mientras su madre les pedía que bajaran la voz y, cerca de ellos, un chiquillo hablaba en susurros con su padre. «Qué silencio» pensó el niño.

      —¿Te has lavado los dientes antes de salir, Simón? —preguntó la madre.

      —Sí, mamá —contestó Simón con cansancio—. ¿Vamos a tardar mucho?

      —Muy poquito. Es solo una revisión. Si quieres luego te compro algo, ¿vale?

      —¡Vale!

      Estuvieron esperando varios minutos hasta que una voz fría anunció por megafonía:

      —Simón Rodríguez, pase a consulta dos.

      —Somos nosotros. Vamos.

      Entraron a una salita pobremente amueblada, allí una enfermera le comentó a la madre que había unos errores en la documentación y que, por favor, le ayudara a solucionarlo mientras el doctor atendía al niño.

      —Simón, ve entrando. —Volvió la cabeza hacia la enfermera—. ¿Cuál es el error?

     —Pero, mamá… —A Simón no le apetecía estar solo con el médico. Nunca le habían gustado aquellas batas tan blancas.

      —No tardo; entra, que ahora mismo estoy contigo.

      El niño dudó, pero finalmente traspasó una puerta verde.

      Un médico de unos cincuenta años con una cuidada barba cana se sentaba detrás de un escritorio gris. La luz que provenía de un halógeno recubierto de polvo era tenue, fría, opresiva, y la poca que conseguía atravesar las bandas metálicas de una persiana negra entrecerrada tampoco era suficiente. Las paredes eran de un blanco grisáceo donde colgaba alguna imagen anatómica. En una esquina había una papelera repleta de una telas rojas y blancas. Al niño le recordaron a la ropa de un pintor.

      —Hola, Simón. ¿Cómo estás hoy? Por favor, quítate la camiseta y túmbate allí. —El doctor señaló una camilla a su derecha, colocada junto a la pared y recubierta con un papel blanco—. ¿Cuántos años tienes? —preguntó mientras apuntaba unas notas en un cuaderno amarillento.

      —Ocho —respondió Simón mientras se quitaba la camiseta y la dejaba en una silla.

      —¡Qué mayor eres ya! Pero no te preocupes que te voy a dar una piruleta igualmente.

      El niño se sentó en la camilla.

      —¿Le gustan los gusanos, señor?

      El doctor se giró y miró unas fotos que tenía detrás de él. En ellas había gusanos de todas las clases y tamaños.

      —Digamos que yo les gusto a ellos —dijo, con una extraña expresión en los ojos que intranquilizó al chico—, pero ahora túmbate que acabamos rápido y te puedes ir.

      Simón se tumbó en la camilla. ¡Qué fría estaba!

      El médico se acercó a él. Desde esa posición su cara parecía extraña, como si sus facciones no encajaran bien. Sacó una jeringuilla de su bata y se la clavó delicadamente al niño en el brazo. Simón intentó levantarse de la camilla, pero el cuerpo ya no le respondía. Un grito se le quedó atrapado en la garganta.

      —Esto es para que no te muevas, hijo —susurró—. Los mayores son los que suelen dar más problemas, en ocasiones la droga tarda en hacerles efecto. A veces, eso alegra el día, pero otros… Hay días que te molesta que te salgan las cosas mal. ¿Me entiendes? —mientras hablaba, el brillo del filo de un bisturí asomó entre sus dedos—. Bueno, tú qué vas a saber; eres muy pequeño. ¿Cuántos años me dijiste que tenías? Unos ocho, ¿no? Está un poco frío, pero no tardaré.

      Mientras hacía un corte limpio desde el esternón hasta el ombligo la cara del anciano cambió. Su barbilla desapareció haciendo una mandíbula más ancha y huidiza, que dejó a la vista una hilera de dientes puntiagudos en el maxilar superior. Al tiempo, los labios se estiraron hacia arriba y se fundieron con la piel, dejando, así, las encías al descubierto. Su nariz se aplanó y ensanchó. Los ojos se separaron y crecieron hasta el tamaño de una pelota de golf. La frente avanzó unos centímetros y, sobre la cabeza, ahora sin pelo, crecieron unos cuernos lisos de un palmo de longitud.

      Simón entró en pánico. Un dolor lacerante le atravesaba el pecho, pero, por más que lo intentaba, no lograba moverse. Atrapado en su propio cuerpo, sintió cómo el monstruo seguía deslizando el bisturí sobre su piel. Abrumado por la agonía, no tardó en perder el conocimiento.

      —Shhh, tu madre no va a venir —siguió diciendo el médico, como si no supiera que el chico ya no lo podía escuchar—. Nos encargamos de los padres con rapidez: un error en el formulario, una preguntita, un problemilla de no sé qué… Es la parte más difícil porque hay que esconder el cadáver y hacer que todo parezca natural, un simple asesinato. No comprendo cómo puede haber personas que maten a otras por diversión. Es algo aborrecible, pero qué vas a saber tú si eres todavía un niño. —Le acarició el pelo—. Y muy pequeño, los prefiero más jóvenes aún, pero el tiempo corre y hay que darse prisa. Oh, tu hígado es perfecto: la forma, el color, la textura… Es una pena necesitarlo, merece ser expuesto en algún sitio. Pero la necesidad manda. Cada quince años, quince niños, así debe ser. Un precio justo ¿no te parece? Tenemos que hacerlo con cuidado, con disfraces aparentemente normales y cotidianos para no llamar la atención. Así es cómo debe ser. Oh, que preciosidad de corazón… En fin, si no nos alimentásemos, pereceríamos y, con nosotros, todo el mundo. Nosotros estamos detrás de todos los gobiernos, nosotros movemos los hilos de la humanidad, nosotros somos la Divina Providencia. Desde el principio hemos estado aquí y siempre estaremos. La humanidad sólo es nuestro rebaño. ¿De dónde crees que vienen todas esas historias sobre demonios en la sombra, sobre ciudades en las alcantarillas, sobre dioses antiguos y razas primigenias? ¿De la mente calenturienta de unos escritorzuelos? No; vienen de nosotros. Os hemos saturado con nuestra existencia, nos hemos convertido en tópicos, para poder ocultarnos mejor. Nadie hace caso a los conspiranoicos. —Se limpió el sudor de la frente con la manga de su bata, que ahora era más roja que blanca—. ¡Aquí viene lo complicado! Hay que serrar el cráneo sin dañar el cerebro.

      Sujetó con firmeza la cabeza del niño con una mano y con la otra la cortó con sumo cuidado. La tapa del cráneo cayó al suelo con un sonido amortiguado, pero sin apenas sangre. El doctor cogió el cerebro, cortó las conexiones con el resto del cuerpo y lo dejó en la bandeja.

      Se quitó los guantes y la bata manchados de sangre y los tiró a la papelera. Sacó otra bata del cajón del escritorio y se la puso antes de sentarse en la silla. Pulsó un botón al lado del teléfono.

      —Sofía, que saquen al niño de aquí y, por favor, vacíame la papelera que no creo que me entren más batas; luego haz pasar al siguiente. Gracias.

      Dos hombres vestidos de negro entraron por la puerta, agarraron el cuerpecillo de Simón y se lo llevaron de la sala. Seguidamente, otros dos limpiaron de sangre el suelo y las paredes, y vaciaron la papelera.

      El doctor se palpó la cara, todo estaba en su sitio. Con una sonrisa escuchó la voz por megafonía: «María Belmonte, pase a consulta dos.»

© 2017

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