La princesa de la mafia / Relato

Después de unas semanas de inactividad, vuelvo al lío.

Hoy comparto un relato que escribí para factoría de Autores. Se trata de una pequeña historia de género negro. Para crear al personaje protagonista me inspiré en un principio en Susan Berman, hija de un mafioso que fue presuntamente asesinada por Robert Durst (recomiendo ver el documental de la HBO The Jinx, que trata sobre este hombre “tan simpático y para nada psicópata”. Aún sigo alucinando con el final). Aunque luego mi Sandra DeMuro poco tiene que ver con Susan, y eso es por el personaje de Alyson que poco a poco fue cobrando protagonismo. El estado de una mujer que no puede escapar de su pasado traumático me parecía demasiado tentador para no explotarlo.

Sin más dilación os dejo con el relato. Espero que os guste.

mafia

 

La princesa de la mafia

Tras echar la última palada de tierra, Sandra DeMuro se limpió el sudor de la frente. Miró a su amiga Alyson que, recostada sobre un árbol, observaba con una mezcla de alivio y preocupación el montón de tierra removida que ocultaba el cadáver de su marido.

            Sandra no se sorprendió al ver despuntar el sol sobre las copas de los pinos, puesto que les había llevado varias horas cavar la tumba debido al suelo congelado. Además, Alyson se encontraba tan afectada por todo lo sucedido que apenas fue capaz de sujetar con firmeza la pala durante gran parte de la noche.

                —Ya terminó lo peor —dijo Alyson, aun apoyada en el árbol.

          —Me temo que no. —Pobrecilla, tal vez ya no estuviera vivo el imbécil de su marido, pero ahora debía enfrentarse a la policía—. Debes preparar una buena coartada. Vito y Ted te ayudarán con eso.

               —Gracias, Sandra. Eres una buena amiga —dijo con lágrimas en los ojos.

            —No podía hacer menos, suficiente has sufrido ya por culpa de este capullo. —Escupió en la tumba.

            Alyson apartó la mirada, incómoda. Hacía mucho tiempo que había dejado de amarlo, pero imaginarlo enterrado allí, bajo ese montón de tierra oscura, provocaba que viejos sentimientos volvieran a aflorar como las malas hierbas que se resisten a desaparecer.

            —Siento que hayas tenido que pedir ayuda a los socios de tu padre. Sé que no querías mezclarte con ellos.

            Sandra no contestó. Permaneció callada, sintiendo el agradable calor del sol en su cara.

            Todo comenzó con una llamada. Entre llantos y con la voz histérica, Alyson le contó que acababa de disparar a su marido. Sandra no se sorprendió, al fin y al cabo, había sido ella quien le había entregado el arma con la que lo mató. En cierto modo, esperaba que ocurriera. Lo habría asesinado ella misma, pero decidió que lo mejor era que fuese Alyson quien se encargara. Su propia madre, Alexandra DeMuro, fue maltratada por su marido durante años. No hizo nada para defenderse, simplemente aguantó hasta que él murió por un derrame cerebral. Entonces, ya libre de su tormento, lamentó no haber hecho antes algo al respecto. Sandra no quería que se repitiera la misma situación con Alyson.

            Lo malo era que los socios de su padre no iban a ayudarlas gratis.

              A cambio de crear una coartada para Alyson y de sobornar al fiscal encargado del caso, Sandra debía encontrar algún trapo sucio en la vida de Aaron Whalberg, el mayor promotor inmobiliario de la ciudad. Para lograrlo se tendría que valer de su posición como prometida del heredero de una de las grandes fortunas de Chicago, Christopher Rothenberg.

          La tarea resultó ser más fácil de lo esperado. El mismísimo Paul Imperioli la felicitó, el actual jefe de la Familia. Eres digna hija de tu padre, le dijo.

            Poco a poco, Sandra comenzó a ser parte esencial de la organización; sus contactos y sus habilidades sociales lograron aumentar el territorio que controlaban, recuperando sus antiguas fronteras de los años ochenta. Una nueva edad oro.

            Sandra no sabía exactamente como sentirse al respecto. Su padre siempre la mantuvo alejada de los negocios familiares y ella, una vez que tuvo edad suficiente, se marchó a Nueva York donde inició una nueva vida alejada del mundo criminal. Ahora, en cambio, involucrada más y más en los tejemanejes de la organización, notaba cómo el vacío que había sentido durante años en su interior iba desapareciendo. Por primera vez en su vida se sentía plena y feliz; había nacido para esto. Y lo mejor de todo era que no necesitaba emplear métodos violentos para ampliar la Familia. Sería mejor que su padre.

            Cuando comenzaron a apodarla cariñosamente “la princesa de la mafia italiana”, Paul Imperioli supo que Sandra se había ganado el corazón de sus subordinados. Él era el jefe de la Familia y por ello era inconcebible e intolerable que sus propios hombres prefirieran seguir las órdenes de una idiota niña rica. ¡Qué iba a saber una mujer sobre dirigir los asuntos de la mafia! Sí, era la hija de Dominic DeMuro, pero él era su sucesor legítimo, él había evitado que el negocio se hundiera durante el cambio de milenio, él había peleado contra los Kinahan y había ganado. Él y solo él.

            No podía matarla ahora que tenía el apoyo de la mayoría de los capos; demasiado peligroso. Aunque no importaba, encontraría la manera de destruir a la “princesa de la mafia”. Solamente debía ser paciente. Tarde o temprano, la hija de Dominic volvería al agujero del que nunca debió salir.

 

            Alyson empujaba el carrito de la compra por el pasillo de congelados cuando lo vio. Era su marido Alfred. Vivo. De la sorpresa dio tres pasos atrás y chocó con una estantería. Cayeron varios botes que provocaron un gran estruendo. Ella resbaló y se quedó en el suelo, sin fuerzas para levantarse. Las personas de su alrededor la miraron alarmadas. El hombre también se giró y, entonces, Alyson se rió. No era Alfred, ni siquiera se parecía a él; era más guapo, más alto y seguramente mejor esposo. Rió aún más fuerte. Qué tonta había sido. Su marido estaba muerto, ella lo había matado de varios tiros en la cabeza. ¿Cómo pudo pensar que se encontraba allí? En aquel momento rompió a llorar. No dejaba de pensar en Alfred. Se secó los ojos con las manos, se levantó del suelo y volvió a empujar el carrito. Tenía que comprar pan, no debía olvidarlo. El pan era importante.

 

         Paul hizo llamar a Sandra. Su despacho era tan suntuoso que rozaba límites exagerados. Candelabros de oro; alfombras y tapices de la más alta calidad; una lámpara de araña más propia de un teatro que de un estudio; tallas medievales, bustos del propio Imperioli, estatuas de piedra, bronce, oro; y una selección de cuadros de los mejores artistas europeos. Todo en aquel cuarto gritaba “dinero negro”.

            La esperaba tras un robusto escritorio de madera de ébano, sentado en un enorme sillón. Parecía un buitre reposando en una rama. Entrelazó sus manos bajo la barbilla cuando la vio entrar.

            —Tu amiguita nos está dando problemas —dijo y su voz reverberó en la estancia.

            Sandra supo a quién se refería; había escuchado las noticias.

            —¿Qué ha hecho ahora?

            —Fue hasta una comisaría para confesar su crimen. Menos mal que teníamos a alguien vigilándola tras su numerito en Humboldt Park.

            El mes pasado Alyson tuvo una crisis nerviosa e intentó suicidarse en el lago del parque. A los policías que la rescataron les había dicho que quería reunirse con Alfred. La internaron en el ala psiquiátrica del Memorial Hospital donde estuvo ingresada hasta que le dieron el alta varias semanas después del incidente.

             —Solamente está pasando una mala racha. Déjame hablar con ella, Paul. —Sandra sabía que si Alyson seguía poniendo en peligro la organización no dudarían en liquidarla.

         —Ocúpate como quieras de tu amiga, pero soluciónalo o tendremos que encargarnos nosotros, Sandra. —Imperioli señaló la puerta con un movimiento de cabeza. La conversación había terminado.

            La nueva casa de Alyson era modesta. La antigua, aparte de conservar recuerdos muy dolorosos, era demasiado costosa de mantener y tuvo que venderla, puesto que la pequeña tienda de antigüedades que poseía no le reportaba demasiados beneficios. Cuando estaba casada con Alfred eso no era importante porque podían vivir holgadamente con el suelo de él, pero tras su muerte la situación económica de Alyson se había complicado sobremanera. Sandra tuvo que prestarle dinero varias veces durante el último año.

            El interior apestaba a cerrado. Por el suelo se acumulaba basura: botellas y restos de comida. Alyson no se encontraba en mejor estado, parecía que de un momento a otro se fuera a derrumbar. Había adelgazado. Sus pómulos sobresalían y unas ojeras enmarcaban sus ojos hundidos. Llevaba el pelo enmarañado y sucio. Sandra lamentó ver a su amiga en tal estado de decadencia.

            —Oh, Sandra —gimió. Parecía haber estado llorando.

            —¿Estás bien?

      Era una pregunta estúpida, pero no sabía qué decir. Dónde habían huido sus maravillosas habilidades sociales ahora que tanto las necesitaba.

            —Siéntate. —Señaló un sofá cubierto de platos sucios de plástico —. Creo que tengo algo para picar.

            —No es necesario, Allie. Ven conmigo. —Le apartó un mechón de pelo. Sus ojos se movían inquietos.

            —Te han contado lo que hice, ¿verdad? Sé que me siguen desde que salí del hospital. No te sorprendas, aún no me he vuelto tonta —dijo con una leve sonrisa.

            —Es para protegerte.

            —Más bien para evitar que cometa alguna locura. Y con evitar me refiero a ya sabes qué. —Colocó los dedos de su mano derecha en forma de una pistola y se apuntó a la cabeza.

            —No es para eso. —Ni Sandra creía sus propias palabras. No imaginaba que la intención de Paul fuera ayudarla—. No te mereces sufrir por la muerte de ese capullo.

            —¡No hables así de él!

            —¡Sí! Ese cabrón te hizo vivir un infierno y está mucho mejor pudriéndose en aquel bosque donde lo enterramos. —Zarandeó a Alyson, intentando que entrara en razón.

            —No mancilles su nombre. —Su voz había perdido fuerza.

            —Escupo sobre su nombre. Escupo sobre su memoria. Escupo sobre su tumba. —Alyson lloraba encogida sobre el sillón—. Ve a tu cuarto y haz las maletas, te vienes a vivir conmigo.

            Al principio pareció que no le iba a hacer caso, pero luego se levantó y arrastró los pies por el pasillo. Se giró para mirar a Sandra. Unas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Asintió una vez con la cabeza, como si acabara de tomar una decisión, y continuó su camino.

            Sandra se pasó la mano por la nuca. Pese a no saber aún cómo podría ayudarla, no estaba preocupada. Viviendo juntas, Alyson no tendría oportunidad de poner en peligro a la organización y, por lo tanto, Paul no ordenaría matarla. Se encontraba a salvo.

            Golpeó sin querer una botella. Esta rodó por la moqueta y golpeó una silla en la que se sostenía a duras penas una pila de papeles. Algunos de ellos cayeron al suelo. Sandra recogió uno. Era un cheque por valor de doscientos cincuenta mil dólares. No recordaba haberle dado tal cantidad de dinero.

             Un sudor frío le recorrió el cuerpo.

         Se fijó entonces en la casa. Algunas de las botellas medio vacías eran vinos muy exclusivos, la televisión era nueva, un pañuelo de seda que colgaba de una silla no lo había visto nunca. Lo cogió, olía a perfume caro. Comenzó a temblar.

      —Lo siento, mucho Sandra, pero me ha ofrecido muchísimo dinero. —Alyson apareció por detrás de ella, sujetaba una pistola entre las manos.

        Su mente todavía negaba la dolorosa verdad. Imperioli no podía ejecutarla por miedo a que sus hombres se rebelaran, pero si era la propia amiga de Sandra la que la mataba en un brote de locura nadie podría inculparlo. Era perfecto.

            —Alyson, por favor. —No pudo terminar de hablar.

            El olor a pólvora invadió la estancia.

 

© 2017

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